Crónicas de la reforma energética (V). El petróleo y López Velarde, teórico de la propiedad

enero 19, 2014 § Deja un comentario

¿Qué significa eso de que el petróleo es de los mexicanos?

A.  Suave Patria: permite que te envuelva en la más honda música de selva con que me modelaste por entero al golpe cadencioso de las hachas, en risas y gritos de muchachas y pájaros de oficio carpintero

En la Constitución del 17, cuentan las crónicas, fue la pluma y la idea de Molina Enríquez la que incluyó al petróleo entre los recursos naturales de “dominio directo de la Nación”. Al ser “un componente distinto del terreno”, podía distinguirse, por ejemplo, la propiedad del “terreno” de un particular de aquello que no lo es: el petróleo, otros hidrocarburos, el oro, la plata y los demás del listado del párrafo tercero del 27.

Así, la Constitución es como si fuera una escritura de propiedad y los constituyentes cual Fausto (el de Goethe) con fe pública.

Según Wikipedia, cuando Ramón López Velarde escribió su Suave Patria corrían los años 20,  ya sin Fuensanta, había llegado de Jerez a la Ciudad de México. Obregón se sublevaba contra Carranza y Vasconcelos era Secretario de Educación. Antes del poema López Velarde había publicado “Novedad de la Patria” enmedio de lo que debió ser la tragedia de la inestabilidad.

De las expresiones “dominio directo” o “propiedad” de la Nación, luego de la revolución, se dio una intensa discusión doctrinal y judicial acerca de lo que significaba, si se refería a “jurisdicción” o competencia de la autoridad sobre un “territorio”. Los pleitos judiciales, entre otras cuestiones, se debieron a las concesiones otorgadas en el porfirismo que se vencían ya vigente la Constitución del 17. En diversas sentencias, los tribunales federales resolvieron que se estaba ante un auténtico derecho de propiedad de la Nación.[1]

Bueno, si es un derecho de propiedad (cursivas, subrayado y en negritas), entonces, el propietario (la Nación), tiene “la cosa” y puede ejercer respecto de ella, en principio, los derechos del propietario.

B. Como la sota moza, Patria mía, en piso de metal, vives al día, de milagros, como la lotería

La propiedad es este concepto jurídico que, comprende los poderes  por los que el propietario, usa, dispone y disfruta de la “cosa”, nos enseñaron los romanos.  Ahora la propiedad tiene en el concepto del “patrimonio” una dimensión económica: la valoración en dinero. En el capitalismo, en el mercado, la dimensión patrimonial alcanza una explosión al grado de la alucinación. Mientras más dinero se haga, mejor. La cosa –como propiedad- importa por su capacidad de generar dinero, riqueza, patrimonio.

El petróleo, como propiedad, como patrimonio, no es sólo la cosa, sino su potencialidad valorable en dinero. La “renta petrolera”, pues.

Si la Nación es la propietaria, en principio, debiera poder ejercer sus derechos como cualquier burgués capitalista y aprovechar en su beneficio la “renta”.

Eso que es tan elemental, dicho burdamente y que es indiscutible en el caso de la propiedad privada, no lo es tanto en la propiedad “pública”. Al grado de la paradoja.

Aquí una digresión:

Al igual que el petróleo, el espacio –por donde se transmiten las ondas electromagnéticas- es propiedad de la Nación. Para aprovecharlo se otorgan concesiones, sean privados o públicos quienes presten servicios de radio, televisión, telefonía celular, satelital, etc.

Sin embargo, mientras TV Azteca o Televisa pueden cobrar y obtener altos ingresos; Canal Once, Radio UNAM, no. La radiodifusión pública no puede obtener ingresos y cuando, por ejemplo, obtiene apoyos por patrocinios, los privados se quejan de competencia desleal. El resultado es que la radiodifusión pública depende del presupuesto y tiene problemas de subsistencia.

La paradoja está en que es el propietario (Canal Once o TV UNAM no son más que el Estado que para su función se organiza en entes desconcentrados, descentralizados o autónomos) el único que no puede aprovechar su propiedad como patrimonio.

Lo anterior tiene una “razón” aparente, algo maquiavélica: que el Estado no puede obtener ingresos porque no tiene espíritu de lucro;  pero que encubre una razón económica: las empresas concesionarias que quieren el monopolio económico y la influencia social para sí.

López Velarde refería a la Nación como la moza que tiene piso de metal y vive al día. Hagamos de cuenta.

El impedimento para obtener ingresos parte de la idea de que obtener ingresos equivale a lucro. Precisamente aquí está la diferencia entre lo público y lo privado y los fines públicos o privados. Si la renta va al patrimonio del socio o accionista privado, hay lucro; si los ingresos aunque sean muchos, muchísimos, se destinan al propio objeto del ente (la cultura, la educación, la salud), no hay lucro.

Fin de la digresión.

Por supuesto, no es el mismo caso del petróleo en el que a pesar del monopolio y de la no limitación del “lucro”, se dieron diversas causas de ineficiencia para que el Estado se comportara como un capitalista, público pero al fin capitalista. Una de ellas fue el entendimiento burocrático de las funciones del Estado como propietario.

Precisamente la reforma es constatación de su fracaso.

 C. El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo el Diablo

La reforma al 27 conservó el “dominio” inalienable e imprescriptible de la Nación e introdujo:

“Con el propósito de obtener ingresos para el Estado que contribuyan al desarrollo de largo plazo de la Nación, ésta llevará a cabo las actividades de exploración y extracción del petróleo y demás hidrocarburos mediante asignaciones a empresas productivas del Estado o a través de contratos con éstas o con particulares, en los términos de la Ley Reglamentaria.”

El cambio está en que siendo el propietario, su explotación (palabra borrada) será por las “empresas productivas” del Estado o bien por contratos con particulares. En uno y otro caso, lo harán “por cuenta” de la Nación, dicen los transitorios. El criterio es que la Nación maximizará “los ingresos para lograr el mayor beneficio para el desarrollo de largo plazo”. La Nación es a la vez dueño de empresas y entrará en diversas formas de relación empresarial con privados. Algo así como socios (si eso se desprende del “por cuenta de la Nación”).

El nuevo horizonte abre diversas preguntas acerca de cómo será el futuro de la propiedad luego de que aquello que cualquier empresario desea (ser monopolio) para el Estado fue la profecía lopezvelardiana. Lo que viene, posibilitará ver si subsiste la incapacidad de los gobiernos para hacer de la Nación una burguesa exitosa y, por el contrario, su capacidad para medrar de lo público.

Ahora que del nuevo planteamiento constitucional se derivan varias cuestiones: la Nación como propietario (empresario o socio burgués capitalista), la Nación como propietario con fines públicos y sociales (el Estado Social), la Nación como autoridad (el ius imperium). Todo en un sujeto, pero a la vez distintas y en ocasiones con fines, incentivos y funciones contradictorias.

La propiedad, ese terrible derecho, diría Rodota[2]. El demoniaco, según nuestro teórico.


[1] Una de estas es la Controversia Constitucional 2/32 entre la Federación y Oaxaca. El tema lo trato más ampliamente en Constitución y mercado (Porrúa, 2004)

[2] Rodota, Stefano, El terrible derecho. Esudios sobre la propiedad privada, (Civitas, Madrid 1986).

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